Carlos Edmundo Hernández
Vista de cerca, la agenda de los candidatos presidenciales carece, entre muchas otras cosas, de cuestionamientos y posturas sobre el papel de México en América Latina, sobre todo para lograr una integración regional. Gracias a ésta sería posible impulsar la economía de la zona a través de un tratado de libre comercio, el desarrollo conjunto de tecnologías, la implementación de precios preferentes, el impulso a proyectos compartidos, o un largo etc., En el segundo debate se trató el tema de forma muy laxa. Únicamente Jaime Rodríguez “El bronco” dijo que: “hay que mirar hacia el sur”.
En general, las agendas de los candidatos se enfocan en la relación con Estados Unidos. Meade hace propuestas que no impulsó como Canciller; Anaya no va más allá del sentido común y Andrés Manuel tiene la puntada de decir que la mejor política exterior es la interior, como si se tratase de un partido de fútbol (donde algunos estrategas afirman que la mejor defensa es el ataque). Vaya simplismo ofensivo.
La omisión del tema latinoamericano en la agenda, propiciada incluso por los empresarios, nos obliga a re pensar nuestra relación con la zona latinoamericana. Con ella compartimos una raíz lingüística, cultura, visiones del mundo, pero sobre todo necesidades. Su ausencia en la agenda presidencial abre interrogantes sobre el modo de conducir la política exterior mexicana que, como la latinoamericana, se ha caracterizado históricamente por la falta de una estrategia geopolítica articulada. Lo cual ha desmoronado en diversas ocasiones, junto con la dependencia hacia Estados Unidos, los intentos de integración latinoamericana.
Es necesario comprender que el sistema político internacional se asemeja a una pirámide donde el poder de los países desarrollados se ejerce de forma vertical sobre los países subdesarrollados como México. Y que para contrarrestar este hecho es necesaria una “construcción de poder” a través de alianzas con los pares que quieren dejar de ser parias; sin embargo, el camino está plagado de obstáculos y el más grande puede verse desde lejos: la obcecación de América Latina con su pasado. Así lo documenta Andrés Oppenheimer en su libro La obsesión latinoamericana con el pasado y las 12 claves para el futuro. Por ello, un primer paso para estrechar lazos con nuestros países hermanos será despejar este obstáculo.